En la química, las reacciones no ocurren de golpe. Antes de que algo se transforme, la materia debe pasar por un instante especial llamado estado de transición. Es como un puente entre lo viejo y lo nuevo: lo anterior ya no se sostiene, pero lo nuevo todavía no termina de formarse.
Este momento no es fácil: requiere energía, tensión y a veces incomodidad. Pero al cruzarlo, se alcanza un estado más estable, más coherente, con una función más clara.
En nuestro organismo, las enzimas son las grandes maestras de la transformación. Ellas reducen la dificultad de ese paso intermedio y facilitan que miles de reacciones ocurran en segundos. Gracias a ellas podemos respirar, digerir los alimentos, movernos y pensar. Sin enzimas, la vida sería demasiado lenta para sostenerse.
Cuando atravesamos una crisis, sentimos que estamos “suspendidos en el aire”: ya no somos quienes éramos, pero tampoco sabemos aún quiénes seremos. Esa es nuestra versión del estado de transición. Es incómodo, a veces doloroso, pero si persistimos, llegamos a un nuevo equilibrio que nos hace más fuertes y nos da una función más clara en el mundo.
Los estados de transición son recordatorios de que la vida nos transforma a través de la incomodidad. No se trata de resistirlos, sino de atravesarlos. Y, al igual que las enzimas en nuestro cuerpo, también tenemos “enzimas del alma”: personas, aprendizajes, prácticas espirituales que nos ayudan a cruzar más fácilmente esos puentes.
Cada transformación nos lleva hacia un estado más estable y significativo. La clave es confiar en el proceso.
Excelente fin de semana.
Mariano Sánchez Castellanos
Postdoctor en Astrofísica Molecular.
“Un encuentro entre la Espiritualidad y la Ciencia”